Fiber Fever

Ana s. Valderrábanos
Del 13 de septiembre al 21 de octubre de 2022.

 

El laberinto dentro del espejo de Ana S. Valderrábanos


El país de Ana S. Valderrábanos se pudiera interpretar como el complejo laberinto de maravillas tras el espejo de una artista que, permanentemente esconde en el lienzo de la obviedad, sus ideas y pensamientos o los de otros que le son coincidentes. Nada se oculta mejor que lo que se deja a la vista porque “lo esencial es invisible a los ojos” que diría de Saint-Exupéry. Sólo se ve lo que queremos ver y en rara ocasión se conecta con lo que está más allá de lo que la retina ve. Las huellas que, sin embargo, la pintora deja para seguir su hilo son irracionales y no se acomodan a reglas establecidas. Las entiendo como si Jabberwocky lo hubiera recitado Lovecraft e ilustrado Ryden. Sin duda tienen el mismo sinsentido que las piezas de un puzzle desordenadas sobre la mesa. Los mensajes de sus frases y palabras son un compendio de pensamientos semejantes a las piezas de un rompecabezas. En su conjunto y ordenadas adquieren dimensiones nuevas pero descontextualizadas e independientes, son como las hojas de otoño en el suelo del parque, antes de ser recogidas y clasificadas para formar parte de las vitrinas de un herbario. Aunque en la obra de Valderrábanos existe una parte que escapa al realismo, verdaderamente es todo un espejismo. Su intención conecta en la proximidad conceptual con Art & Language o Lawrence Weiner, pero desde el punto de vista de la escritura pictoricista, en esa parte que consiste en crear un estilo personal identificable como icono y firma, su actitud está aún mucho más próxima al espíritu de artistas como Tracey Emin, Jack Pierson, Torres García o Mira Schendel. Pintar con la escritura no es ejercicio nuevo, tampoco que el textil sea un uso de la expresión contemporánea. Sólo mirar la obra de Rivane Neuenschwander, Ernesto Neto, Teresa Lanceta, Kimsooja o Louise Bourgeois que lo han usado recurrentemente para entender que ningún material o técnica escapan a las intenciones o necesidades de un artista contemporáneo. Y también para comprobar la inmensa variedad de posibilidades que los recursos textiles ofrecen en el terreno de lo visual. Ella usa telas o ropas de su vida personal como lo hizo Bourgeois, compra los tejidos en almacenes como haría un avezado buscador de tesoros y, otras veces, personas de su entorno le regalan prendas para que adquieran entre sus manos una vida de honor distinta. Una manera de reciclar novedosa. Sin embargo, conviene observar que estas herramientas consiguen en las agujas de Valderrábanos una dimensión desconocida como la del amor en Interstellar, que coquetea con una vocación autobiográfica, aunque en parte controladamente reprimida. No a la manera de un narrador ordenado que levanta la historia de un protagonista con fechas, datos, anécdotas o acontecimientos vitales o significativos, sino como una suerte de acumulación de galimatías, semejante al jerigóndor carroliano, agrupados en capítulos de pinturas, tondos, cuellos o piezas sueltas sin conexión con otras para formar series. El galimatazo es un recurso para dificultar la lectura, un jeroglífico que cierra puertas a los necios e invita sólo a los verdaderamente interesados en sumergirse en el pozo de su mundo, a los curiosos. Por el contrario, tratar de adivinar el pensamiento de la artista a través de tantos mensajes aparentemente desconectados entre sí, es una aventura divertida y fascinante. Algo así como enfrentarse a un Cubo de Rubik con decenas de niveles, siendo guiado por un conejo blanco impaciente y apresurado. De alguna manera es preciso penetrar en lo no consciente para escudriñar lo consciente, la realidad, aunque ésta no sea un libro abierto.

Sin duda es preciso explorar las intenciones de la pintora para descifrar las pistas de su hilo. “Comprenderme es un ejercicio infinito” o “que se me comprenda es tarea para videntes” son las frases no escritas por la artista que mejor definen su universo. No tengo claro si su obra es feminista, desde luego no es como lo entienden ciertas opciones partidistas radicales excluyentes. Es en este sentido tan feminista como cualquier persona sensata. Lo que resulta obvio es el carácter femenino de su trabajo. El pensamiento poliédrico, multidireccional e incluso, a veces, contradictorio, explica el estado de la mujer en la plenitud de su madurez. Coexisten ideas lúdicas, irónicas, divertidas, con otras filosóficas, profundas, complejas y trascendentes. Reacciones basadas en el rigor racional con otras propias del negacionismo adolescente o del capricho juvenil. Las reflexiones sobre el mundo en aspectos políticos y sociales con los de su entorno y situación familiar como madre, esposa y amiga. Las influencias de Godwin, Jung o Kant se ponderan al mismo nivel que las de Rafa Almarcha, Lola Flores, Miki Naranja, Patti Smith, Jorge Drexler, Joserra Halcón o los pintores Juan Lacomba o Miguel Gómez Losada. Todas esas preocupaciones confluyen en la obra de la artista, nada escapa a su mirada ni al resto de sus sentidos, nada a su atenta curiosidad. Puede parecer esquizofrénica semejante aparente teoría del caos, esta algarabía perfecta, pero así es la mente y el alma de la mujer. Y cuando ésta es artista intelectual y además compleja, dibuja escenarios inimaginables que hace posible la fascinación. Esto se puede comprender aún mejor desde las pistas que ofrecen las citas de sus obras. Esta de Silvio: “todos van a lo suyo menos yo que voy a lo mío” o lo que sería lo mismo trasladado al trabajo de la artista: no me importa por dónde naveguen modas y tendencias, yo trazo mis propias rutas y periplos viajeros, aunque navegue sola. Como Lawrence de Arabia, ella escribe su propio destino. Ese tipo de actitud independiente provoca curiosidad unas veces y distancia y desconfianza otras. Realmente de alguien así debería uno protegerse casi como del Sombrerero loco. A ello la artista contestaría “antes de que te diagnostiquen depresión, asegúrate de no estar rodeado de idiotas” o lo que es lo mismo, no trabajo para ineptos y miopes sino para quien esté dispuesto a caerse en el pozo de una cordura sinsentido como Alicia cayó sin asidera alguna en la madriguera.

Me atraen especialmente las pinturas de mujeres en recogimiento casi espiritual, reflexivas, serenas, un tanto ausentes quizá, melancólicas y románticas. Abstraídas de cuanto les circunda. Sumergidas en su mundo y sus pensamientos, soñando con sus deseos. Estas pinturas no requieren de palabras o textos que complementen la idea. Serían como la sonrisa del Gato de Cheshire pero sin gato. El mensaje existe sin el mensaje. En ocasiones el arte pone en funcionamiento maquinarias del sentimiento sin tener que evidenciar el contenido. Sin que los aspectos intelectuales y conceptuales modifiquen las sensaciones. Las líneas de cada cuerpo dibujan una belleza sensual, tierna, ideal y sexy mientras las líneas rectas hablan de un paisaje exterior también masculino en el que la mujer busca su soledad requerida y ansiada. Esas mujeres disfrutan de un tiempo para ellas, de una huida voluntaria hacia la meditación. El camino que les acerca a lo más lejano de sí mismas. Al reencuentro con el yo interior que no siempre es comprensible pero abduce. Supone la búsqueda de la salida del garabato, del laberinto. Ése que es su mente, ése que discute a menudo con su médula en el ring de un lienzo. Laberinto que como escribió Antonio Flores “siempre quedo atrapado en él”.

Ana S. Valderrábanos lleva mucho recorrido andado en la aventura de la pintura. Atrás quedaron debates sobre los límites entre artesanía y arte. Sobre las cualidades de cada oficio. Sobre los procesos constructivos, sobre la idoneidad o no de los materiales y en especial de los textiles en el arte… todo se ha ido superando de una manera equilibrada, por decantación natural. Hoy la reflexión se centra en la obvia presencia del textil en la pintura contemporánea. No caben la discusión ni los matices. Su aportación al discurso actual del arte contemporáneo es un hecho indefectible, ampliando sus límites hasta territorios aún por descubrir. En esa faceta de exploradora, la pintora logra superar misterios profundos dentro del espejo tan fascinantes que ni el propio Lewis Carrol hubiera imaginado.

 

De cualquier manera, hay que tener presente que las cosas del arte tienen una importancia relativa. Que pensamos quizá en exceso sobre estos asuntos. Que los ponderamos por encima de su valor auténtico para el devenir del mundo. Verdaderamente el arte muchas veces no requiere de presentaciones que aporten puntos de vista o de entendimiento sobre él, basta con mirarlo y creer. Su veracidad no es tan importante. De hecho, uno de sus tondos da cobijo a una frase de Lola Flores que dice: “Cuando yo digo mentiras, las convierto en verdad”, o sea, igual que la pintora.

 


Fernando Francés